Editorial - El habla entre dos fuegos

 

Por el Presidente José Gobello

El gobierno ha tomado posesión del Congreso Internacional de la Lengua como de un bien mostrenco. La primera dama asumió la conducción local del evento y dígase o desdígase lo que se quiera la selección de los congresistas no ha dejado de tener su tiquismiquis ideológico. Por otra parte la cultura oficial -que algunos llaman presupuestívora- se ha comportado como si se tratase de un concilio casi esotérico de especialistas, tan sabedores de filología como desconocedores del habla que cotidianamente llega a sus oídos. En un reportaje concedido a La Nación, Carlos Fuentes dejó escrito: "Así como hay una manera de hablar porteña, hay una forma de hablar chilanga y una caribeña. Está bien que exista un español internacional, pero es el habla lo que da vitalidad a la lengua". El habla -valga la reiteración- es la esencia de la lengua por lo menos en la medida en que la lengua quiera servir a la comunicación mutua y no de escaparate a las linduras literarias y a la erudición exhibicionista. Buenos Aires tiene una hermosa habla. Es la que registró maravillosamente Fray Mocho y la que valoriza las mejores páginas de Pacheco y de Vacarezza. Tierna en el hogar, extravertida en la barra de la esquina, clamorosa en los estadios de fútbol donde la procacidad es redimida por la gracia, en los medios de comunicación audiovisuales, en cambio, no supera el nivel de la letrina y el prostíbulo.

El Congreso de la Lengua, donde el hablante porteño ha sido representado por escritores que no lo escuchan, pudo haber llevado a sus bancas no solo a los escribientes sino también a los hablantes. No fue así y la comunicación de los argentinos permaneció dividida por una suerte de muro de Berlín que separa a la cultura oficial de la cultura popular.

¿Cómo hablamos los argentinos de hoy, cómo hablamos los porteños? No creo que haya llegado a saberlo siquiera quien hubiese tenido la ocasión y la paciencia necesarias para asistir a todas las sesiones. En el mismo reportaje decía Fuentes que la argentina es la mejor literatura del mundo hispánico. Pudo haber dicho también que el habla de Buenos Aires suena tan grata a los oídos extranjeros como esa literatura ensalzada por Fuentes a los lectores de otras tierras. ¿Qué podríamos hacer por el habla, para preservarla limpia y chispeante como la que nos expresaba y nos comunicaba antes de que la subcultura mediática se ensañara sádicamente con el buen gusto? Muchas cosas tal vez. Por algo hay que empezar sin embargo. La cultura oficial por una parte y por la otra, la cloaca audiovisual deberían dar los primeros pasos.