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Por el Académico
Decano don Luis Alposta
La vi
por primera vez la tarde en que la Academia Porteña
del Lunfardo le rindió su homenaje público
en el ya legendario salón de la Franco
Argentina. Después de aquel día
volvimos a encontrarnos un par de veces (la noche
de la entrega de los Farolitos de oro fue una
de ellas) y nuestro intercambio de palabras nunca
fue más allá del "mucho gusto"
o el "cómo está" que las
circunstancias imponían.
Poco tiempo después habríamos
de recordar juntos la frialdad de aquellos encuentros
tirándole la bronca al hada de la simpatía
por haber estado mezquinándonos varita.
En realidad con Rosita Quiroga,
que de ella se trata, nos conocimos, y para siempre,
en 1974, una mañana en la que me sorprendió
visitándome en mi consultorio del Centro
Médico Asistencial Buenos Aires.
Desde entonces, y sin andar
con el tensiómetro y el recetario a cuestas,
fue mucho lo que reímos y caminamos juntos.
(¡Y pensar que las estadísticas dicen
que la hipertensión voltea, que la artrosis
limita el movimiento y que a los 78 años
ya no se busca tener nuevos amigos!).
Lo cierto es que iniciamos una
amistad que, durante diez años ininterrumpidos,
supo de la llamada telefónica casi a diario
y de periódicas cenas, muchas de ellas
compartidas con amigos comunes, en un restaurante
de Belgrano y Entre Ríos. Veladas aquellas
que solían prolongarse en su departamento
hasta las 4 o 5 de la mañana. A Rosita
le gustaba compartir la noche con amigos. Era
de buen diente, de tiro largo, y seguirle el tren
era algo que nos complacía.
Pero no todo era francachela
y cordialidad. Sabía tener sus berrinches.
Y aunque era un hecho frecuente verla montar el
picaso en pelo y con facilidad, no lo era menos
el verla luego regresar al tranco, luciendo una
sonrisa entradora y haciendo gala de su buen humor.
Sus broncas, difícilmente duraban más
que lo que dura la llama de un fósforo.
Tal vez el secreto de sus tan
vitales 88 años residía en el don
de haber podido mantener intactos gran parte de
su capacidad de asombro y un entero sentido del
humor.
Como médico, de ella
he podido aprender que a la depresión y
al reuma también se los puede combatir
eficazmente comenzando a estudiar música
a los 80 años. Me lo enseñó
la noche en que presentamos el segundo número
de El Lunfa en el teatro Lasalle, donde, después
de ejecutar piezas de Tárrega y Albéniz,
se confundió en un abrazo con Edmundo Rivero
y nos dejó el recuerdo de una Rosita que
sabía esquivarle el bulto a los achaques
y a las depresiones sin más ayuda que la
de su vieja guitarra.
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