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Autor: José Gobello
Editorial: Marcelo Héctor Oliveri Editor
Historias
con Ladrones se publicó en 1957. De
la edición príncipe yo tenía
un ejemplar, amistosamente dedicado por el autor.
Como ocurrió con otros tres o cuatro libros
más, a lo largo del medio siglo, lo presté
y, por ley natural del "leedor desmemoriado",
nunca regresó a mi anaquel. Ahora felizmente
para complacencia de la relectura y el enriquecimiento
de la biblioteca personal, la obra es reeditada
con sólo ochenta y cinco copias numeradas
y destinadas a los amigos y admiradores seleccionados
"entre los muchísimos que enriquecen
la vida y el espíritu del autor".
Sabido es que Gobello se lo
tiene en la consideración, particularmente,
por su seria y paciente labor lexicográfica,
acrecentada en tiempo reciente con nuevas y valiosas
contribuciones, acerca del lenguaje lunfardo.
Pero Don José (como suele llamársele
con ánimo de respeto y maestría)
supo demostrar, además, su hondura y sensibilidad
en la veta poética con Los ángeles
afeitados (reimpreso, también, hace
poco) y, en este caso puntual de la colección
de cuentos que citamos, como un narrador sagaz,
fluido y costumbrista.
Sus relatos tienen por recinto
la Prisión Nacional (en la que Gobello
supo desbrozar el grano de la cizaña y
aprendió a madurar proyectos que más
tarde concretó, como la fundación
de la Academia Porteña del Lunfardo), y
abarcan una galería de personajes, oscuros
a veces, otras, pintorescos, inimitables algunos,
en un fresco, a la vez, donde cunde el estremecimiento
y la sorpresa con los créditos y débitos
de la condición humana.
La historia de estas "historias"
está advertida en las palabras de Marcelo
Héctor Oliveri, editor y prologuista. Con
la nominación y descripción de los
"encanados", ya de por sí clarificados
a buena pluma, se adjunta el vocabulario respectivo.
Gobello se había dado a conocer como investigador
y recolector de voces populares en Lunfardía
(1953) y estas crónicas surgidas de una
estadía obligada son un interesante complemento,
parcial por supuesto, del uso y el ambiente de
una parla tenida, originariamente, por marginal.
En suma, un oportuno reconocimiento al arte de
la escritura por la magia de un intelectual de
permanente vigencia.
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