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Por el
Presidente José Gobello
El 28 de julio pasado envié
al presidente de la Academia Argentina de Letras,
don Pedro Luis Barcia, la siguiente carta que
no ha obtenido respuesta: "Leí días
pasados en un diario, creo que Clarín,
un artículo suyo acerca de la gravitación
del inglés sobre el castellano. Su posición
lucía muy optimista puesto que, a su entender,
los vocablos ingleses que se entremeten en nuestro
idioma son tan solo poco más de un centenar.
Me llamó la atención su artículo
porque en mi Diccionario de voces extranjeras
usadas en la argentina (Buenos Aires, Fundación
Federico Guillermo Bracht, 1988), anoto más
de 600 y no están todas debido a que no
pocas se incorporaron durante los últimos
años.
"También se me dio
por pensar que muchas voces extranjeras han pasado
a ser anglicismos, galicismos, italianismos, etc,
porque la autoridad lingüística (de
la cual usted es parte), al incorporarlas a su
repertorio las ha camuflado o travestido con indumentaria
española.
"No son pocas las voces
foráneas que circulan, camufladas o no,
en el castellano de la Argentina. En mi diccionario
recojo más de 2000, documentando su uso.
Muchas de ellas con su significación y
su grafía original han pasado a diversas
lenguas, lo cual no nos viene mal porque simplifica
la tarea de los poliglotos. ¿Por qué
debemos castellanizarlas si los italianos -es
un decir-, no las italianizan? ¿Por qué
incorporárnoslas con grafía falluta,
escribiéndolas como suenan, más
o menos, en el idioma original? ¿No sería
mejor echar las bases de un ecumenismo lingüístico,
o de una globalización si se prefiere,
admitiéndolas en los diccionarios castellanos,
no como un apéndice sino como una parte
de ellos, tales como fueron paridas y como se
usan, con la acotación Voz extranjera usual
en el castellano? Ideas que a uno se le ocurren
leyendo las cosas que usted escribe porque siempre
se encuentran en ellas ideas que generan otras
ideas".
Hasta aquí la carta.
La idea queda en pie, lista para el debate. Pienso
en una palabra muy moderna y muy repetida que
se encuentra frecuentemente en el periodismo escrita
con cursiva, piercing, nombre éste de un
pequeño aro que algunas personas pos modernas
utilizan en partes del cuerpo que no son las habituales.
El lector semi ignaro encuentra esa palabra en
su diario y se pregunta naturalmente cuál
es su significado. Sospecha que es un término
inglés y que en un diccionario inglés
debiera buscarla. Pero no tiene un diccionario
inglés a mano, de modo que se queda sin
entenderla. Parecería ser que en el próximo
diccionario de la Real Academia Española,
esa palabreja tan usual -ya internacionalizada-
aparecería escrita pirsin. Esa inclusión
resolvería las dudas de quien se dispusiera
a emplearla en un texto castellano, pero dejaría
en su ignorancia al lector que, intuyéndola
castellanizada, la buscara en el diccionario académico,
porque estaría fuera del lugar correspondiente.
Si se quiere compilar un diccionario útil
al lector será preferible mantener la grafía
original y colocar cada una de las voces en el
debido lugar alfabético. Digo yo
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