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por el Académico
de Número, don Luis Ricardo Furlan
Desprendidos del naturalismo y el realismo de
fines del siglo XIX, los artículos de costumbres
tuvieron auge en nuestra literatura a la sombra
de sus predecesores españoles y franceses.
La generación literaria local del '80 y
sus herederas hasta la posguerra de mitad del
siglo XX, desarrollaron una modalidad estilística
de rasgos propios donde, a la estampa vital y
plástica de los personajes, hábitos
y usos, agregaron la curiosidad de la transcripción
escrita del lenguaje oral. De ese modo, los costumbristas
apelaron al "argot de Buenos Aires y de la
cuenca cultural de esta ciudad": el lunfardo,
una parla marginal, de coloquio fresco y ágil
y trazo grueso y ameno.
En poco menos de una centuria (la primera nota
consignada por Gobello data de 1887 y la última
de 1954), la profusión de estas viñetas
constituyen, a la vez que una particularidad literaria,
el reservorio de la historia popular de una región
definida: la rioplatense. Desde las revistas de
interés general Caras y Caretas,Papel yTinta,
P.B.T.), a los diarios más leídos
(La Nación, Crítica y Clarín),
sin omisión de algunos folletines menores
y de libros con recopilaciones alusivas, los autores
reflejaron con franqueza la veracidad del acontecer
comunitario -doméstico, ideológico,
social- de su tiempo, con minuciosa riqueza verbal
y hallazgos precisos.
En Costumbrismo lunfardo Gobello indiza (en prosa
y verso) al español Julio Castellanos;
a los uruguayos Edmundo Montagne, Carlos M. Pacheco,
Last Reason (Máximo T. Sáenz), Santiago
Dallegri y Diego Lucero (Luis A. Sciutto) -los
dos últimos fueron miembros de la Academia
Porteña del Lunfardo-; y a los argentinos
Juan A. Piaggio, Ángel Villoldo, Juan F.
Palermo, Nemesio Trejo, Manuel M. Oliver, Florencio
Iriarte, Félix Lima, Julio S. Canata, Josué
A. Quesada, Roberto L. Cayol, Juan M. Pintos,
José A. Saldías, Enrique González
Tuñón y Juan Mondiola (Miguel A.
Bavio Esquiú).
En breve pero didáctica isagoge, Gobello
repasa, con solvencia y claridad, las instancias
de una cronología histórica y epocal
donde, a través de crónicas y diálogos,
es notoria la mudanza del habla del pueblo. Desde
las primitivas descripciones y voces que enmarcan
la metamorfosis del gaucho pampeano al compadrito
orillero, y de éste al ajetreado hombre
de la urbe febril con identidad casi masificada.
Escasamente pródiga la temporada actual
para el registro vivaz y convincente de los matices
individualizadores dentro de la mundialización
que nos arrastra, cabe añorar, sin duda,
cuántas otras páginas sueltas, desconocidas
o inhallables ya, seguirán perdidas aguardando
que lectores curiosos o atentos investigadores
las rescaten del olvido, que es la desmemoria
de un país. Mientras tanto -qué
bueno y sudado talante hay en esta obra- valoramos
el aporte de quien con "erudita y académica
prepotencia de trabajo", consolida y jerarquiza,
una vez más y sin fatiga visible, una de
las ramas dentro de la ciencia del lenguaje y
la literatura nacional.
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