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por el Académico
de Número, don Oscar Conde
Paradojas de este comienzo de siglo. A la par
que nuestra lengua o, mejor dicho, el uso de nuestra
lengua se empobrece día a día, y
que nuestro vocabulario se reduce progresivamente,
la explicación del origen de las palabras,
su sentido primigenio, se ha convertido en una
llave que parece capaz de abrir la más
inaccesible de las cerraduras. La etimología
de un término puede, en numerosas ocasiones,
iluminar aunque también oscurecer teorías
enteras, concepciones del mundo, miradas particulares.
Yendo en el mismo sentido, hace décadas
que se cuestiona la enseñanza de las lenguas
clásicas en el mundo. Lo curioso es que,
al mismo tiempo, cuanto más devaluadas
socialmente se hallan estas áreas del conocimiento,
tanto más se recurre a ellas para dar cuenta
del sentido originario de un vocablo, sea con
el fin de sostener o de reforzar una idea determinada,
sea lisa y llanamente para sacar "chapa de
culto".
Merced a Mariano Grondona, en los últimos
años se ha mediatizado el procedimiento
de explicar algo a partir de tal o cual palabra.
Y no son pocos los intelectuales, periodistas,
psicólogos y especialistas en educación
que hacen uso y abuso de este recurso, cuya validez,
por otra parte, no está en discusión.
El problema es que muchas veces la etimología
dada es falsa, y sobre estos endebles cimientos
se construyen teorías y se fundamentan
cosmovisiones a veces ingeniosas, a veces lúcidas
incluso que adquieren entonces la misma fragilidad
que un castillo de naipes, logrando poner en duda
incluso la veracidad de la más sólida
argumentación.
Un buen ejemplo de lo dicho lo constituyen las
etimologías "populares". Durante
décadas se ha fantaseado acerca del término
gringo, atribuyendo su procedencia al comienzo
de una canción que los soldados de Beresford
habrían entonado durante las invasiones
inglesas: Green grow the rushes in our emerald
island... Pero, en rigor de verdad, gringo era
un término ya conocido y usado en España
en el siglo XVIII, y en apariencia no es más
que una deformación de griego.
Entre nosotros, es común escuchar un origen
demasiado complejo, y a todas luces fraguado a
posteriori de la palabra colimba, supuestamente
formada por aglutinamiento de las sílabas
iniciales de corre, limpia y barre. Nada más
disparatado. Colimba es la inversión silábica
de milico, maliciosamente feminizado, y con una
b epentética (intercalada, bah), que aparece
también en otros vocablos, como es el caso
de lamber por lamer, por ejemplo.
(Continuará...)
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