| |
Por la Acadmémica
de Número Cora Cané
Querido cofrade Orlando
Mario Punzi:
Me enfermé un martes 13 ¡Flor de
mufa! Mi curandero de cabecera dijo que tenía
algo así como neumonitis. Las bacterias
se mandaron la gran interna, a ver qué
hacían conmigo. Mejoré, retrocedí,
volví a mejorar y terminé con un
placé que me mandó otra vez a la
cama, al reposo, a la tos. Monseñor Osvaldo
Santagada, que sabe de sanaciones y milagrerías,
rezó por mí, a ver si todavía
se perdía una extremaunción. Y Marcelo
Oliveri, el benjamín de nuestra academia,
masculló: "¡Justo ahora la neumonitis!
¿Y qué hacemos con el libro de Punzi,
que tenía que presentar nuestra mina académica
?
Y nada, qué le va cha ché
!".
Y aquí me tenés con un escribano
al lado, que se gana la vida registrando últimas
voluntades.
Quisiera tener la sapiencia lunfardesca de nuestro
mega-presidente José Gobello, que se las
sabe todas, incluso lo que todavía no se
ha inventado; o la apabullante energía
de Ricardo Ostuni cuando toma una palabra lunfarda
y la descuartiza -como Jack, el destripador-,
hasta descubrir qué cornos significa; o
la sonrisa pícara y los ojos observadores
del Ben Molar, que vivió en Villa Crespo
y reparte su vida en los cien barrios porteños,
entre los tangos, la amistad y los nietos; o los
catedráticos informes de Oscar Conde, enciclopedia
parlante; o los comentarios punzantes y correctos
conocimientos del Aníbal Oscar Claisse,
del Enrique Mayochi
Y bueno. De todos los
académicos con sus inteligencias incluidas.
Como ellos, quisiera ser una mina que de puro
saber esta fascinante (para mí) parla popular,
pudiera decirte, Punzi, cuánto te quiero,
cuánto te admiro, cuánto me alegra
que seas un tipo que ni se dobla ni se rompe.
Pero aguantáme
En el naipe de la vida,
canto el 4. ¡Mirá vos! Y en el mazo
de esta querida academia de sapientes -que manejan
el lunfardo como yo manejo mi Olivetti de 1964:
sin mirar las teclas y de taquito
En esta
academia, te decía, también canto
el 4 mientras los escucho y aprendo. Y en una
de ésas, del 4 puedo llegar un día
hasta cantar ¡falta envido! con 23
Te digo todo esto con el corazón, que es
el mejor órgano que tengo hasta ahora.
Sé que con el pucho de la vida apretado
entre los labios, vas por este barrio que llaman
Planeta Tierra, buscando el porqué de la
vida; de lo que fue y será futuro; de las
utopías y de los ensueños. No tenés
necesidad de echar veinte centavos en la ranura
para ver la vida color de rosa, como decía
González Tuñón. Te basta
-¡y es mucho!- ser un tipo entero, entre
los cuatro puntos cardinales de tu existencia:
Poeta, gomía, troesma, soñador.
Me contaron que te conocen las esquinas tangueras;
los cafetines de los poetas vivos; que entre el
escabio y el escolazo, preferís caminar
por las calles de la fantasía, inventando
sueños y pintándolos con rimas ¡Y
hasta sos capaz de largar un lagrimón,
si por ahí escuchás algún
organito de la tarde! Pensá en esto, cofrade:
aunque te quiebre la vida, aunque te muerda el
dolor, esperá siempre una ayuda de los
buenos duendes académicos que están
aquí, para saludar alborozadamente tu libro
y abrazarte como a un hermano.
Y si vos estás piantao, piantao, y ves
la luna rodando por Callao, levantáte un
lápida -como diría Minguito- y celebrate
sin modestia: porque así, como vos, sueñan
los sabios; los que sacan diez y felicitado en
todo; los locos lindos que van por la vida con
la mano tendida y puro el corazón.
Te la pasaste investigando, descubriendo, estudiando,
escribiendo. Fuiste el eterno abanderado del conocimiento.
Nunca hiciste fiaca en un recreo. Pusiste tu vida
en una botella de grapa y te la mandaste de un
trago, a lo macho. ¡Qué gris y sin
relieves sería la humanidad si no existieran
tipos como vos!
Tengo un encargo: me lo dio un querido amigo nuestro,
imposibilitado de acompañarte hasta hoy.
Es un soneto.
Usted, que demostró
ser de buen paño
poniendo el lomo o exponiendo el cuero
y que la sigue así de enero a enero
y garpa el lastre, la chapil y el caño.
Usted que nunca a nadie le hizo daño
y en esto de vivir es hombre entero,
tenga mano un momento, compañero,
que un año nace y se nos muere un año.
Olvide al que se va; y en el que empieza
fije la vista y haga puntería:
el que juna pa' tras siempre tropieza.
Y alce confiao su copa en este día.
¡Si bancó la otra mano la tristeza
tallará en la que viene la alegría!
Daniel Giribaldi
Querido Punzi: ¡Sé
Feliz! ¡Chau!...
|