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Por el Académico de Número do
Oscar Conde
No hace falta ser lingüista para saber que
una lengua es un sistema de comunicación
que reproduce fielmente las categorías
de pensamiento de una cultura dada. Para decirlo
con una muy gráfica metáfora: el
aprendizaje de nuestra lengua materna formatea
para siempre el disco rígido de nuestro
cerebro. Se trata de la percepción del
mundo, y de la lectura que cada pueblo hace de
ella. Así, por ejemplo, en la lengua de
los esquimales hay casi una docena de términos
para decir "nieve". Y esto es porque
ellos efectivamente perciben diferentes
tipos de nieve.
Por eso no puedo evitar cierto resquemor cuando
escucho que una bebida es light, cierta
relación es free, determinada actriz
es hot o algún cantante es cool.
Aunque sé lo que quiere decir cada una
de estas palabras en inglés, no termino
de entender o tal vez de aceptar la taxonomía
a la que responden, es decir, las categorías
que cada uno de estos términos refleja.
¿Será que, cuando Sarmiento desilucionado
de Francia, se fue a los Estados Unidos a buscar
un modelo de país, para bien o para mal
nos ató sin remedio a aquella decisión
suya? En la raíz, algo de todo eso puede
haber seguramente. Sin embargo, el fenómeno
excede los límites de nuestro país
y es bastante más cercano en el tiempo:
constituye uno de los aspectos de la globalización,
vista por algunos de manera ingenuamente optimista
como una superadora forma de democracia.
Es posible que Guy Sorman no haya descubierto
la pólvora al rebautizar a la globalización
como "macmundialización". Pero
si encontró, creo, una expresión
que no es falsamente neutral, y que permite entrever
los alcances del proceso.
En otras palabras, nos están reformateando
el disco rígido.
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