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Por el
Académico
de Número don Oscar Conde
En el siglo XIX, los "cultos"
de Occidente etiquetaron como cultura popular
a todas aquellas manifestaciones producidas fuera
de su élite intelectual. Estas "otras
culturas", diferenciadas de la oficial en
sus formas de creación y transmisión,
por décadas despertaron en la intelligentzia
un sentimiento de pedante ajenidad. En algunos
de los románticos, por ejemplo, se manifestó
como una mitificación de lo exótico
y en la mayoría, como una minimización
(en un status de subproductos) de la producción
cultural de las masas incultas.
La "literatura popular",
ajena al mundo de los libros, debía ser
poco evolucionada, anónima y de transmisión
oral. Todo producto no codificado y transmitido
por la escritura resulta así marginado.
Con el tiempo, se creó la categoría
de "lo tradicional", en la que entrarían,
según criterios poco claros, las producciones
anónimas o no, orales o no con determinado
consenso comunitario y una cierta, aunque nunca
bien definida, antigüedad. De este modo,
la poesía burlesca, el romancero español
y los diversos cancioneros de Europa van a ser
legitimados, y otro tanto ocurrirá en el
siglo XX con algunos subgéneros, como la
narrativa policial, la novela rosa, el folletín
o la historieta.
En la Argentina, el mismo proceso
sufrieron la poesía gauchesca, las formas
teatrales del circo criollo, el sainete y, por
último, la letra de tango, valorada hoy
como la forma por antonomasia del folclore urbano
rioplatense. Y esto ocurre porque, como dijo Borges,
"lo popular, siempre que el pueblo ya no
lo entienda, siempre que lo hayan anticuado los
años, logra la nostálgica veneración
de los eruditos..." (Evaristo Carriego, 1955).
El tango, aunque nos duela, está empezando
a ser tradicional, y dejando a la vez de ser popular.
Por eso sus letras son objeto de estudio. No digo
con esto que el género haya desaparecido
ni mucho menos. La diversidad de grupos y orquestas
de tango conformados básicamente por jóvenes
habla de cierta vitalidad, pero su público
entre el que me cuento naturalmente es selecto.
Y eso no puede negarse.
Como consuelo de tontos, sobre
todo para mí mismo, en la literatura argentina
los ignorados no son los poetas del tango. Son
todos o casi todos los poetas. Personalmente,
"Tormenta" de Enrique Santos Discépolo
u "Hotel del puerto" de Raúl
González Tuñón siguen diciéndome
mucho más que La bahía del silencio
de Eduardo Mallea.
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