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Por el
Presidente José Gobello
Nuestro Académico
de Número Horacio Salas renunció
a su cargo de director de la Biblioteca Nacional
en justa reacción al destrato que le inferían
los tres gremios con jurisdicción en ese
organismo. La Academia se solidarizó con
el renunciante, que ocupa con dignidad el sillón
Roberto Arlt, y cuya infatigable actividad, según
es de conocimiento público, se prodiga
generosamente en diversos ámbitos culturales.
En los últimos años
un buen número de ciudadanos en mayor o
menor grado vinculados con la cultura ocuparon
el cargo que hoy abandona el señor Salas.
Las designaciones, por lo general, no carecían
de motivaciones políticas o, mejor dicho,
partidarias. Cada mandatario, cada secretario
de Cultura escogía entre sus conmilitones
la persona que consideraba mejor dotada para desarrollar
con éxito tan compleja función.
No es del caso aquí evaluar
las performances de los sucesivos directores.
No se trata de ello sino de recordar que el criterio
seguido en las designaciones nunca fue totalmente
ajeno a la ubicación política del
candidato, como si la adhesión al pensamiento
del partido gobernante fuera un requisito de la
idoneidad.
La dirección de la Biblioteca
Nacional, además de una carga es también
un honor, una suerte de premio al escritor o al
intelectual cuya obra hubiera alcanzado una excepcional
relevancia. En el sentir de los argentinos cualquier
cargo público es interpretado como una
suerte de premio o recompensa por méritos
adquiridos. Quien lo ocupa despierta siempre un
sentimiento que navega entre la admiración
y la emulación. Para ese mismo sentir,
la dirección de la Biblioteca Nacional
es también un reconocimiento a valores
intelectuales extraordinarios. Así lo comprendieron
quienes llevaron a ese cargo a Paul Groussacc,
a Gustavo Martínez Zuviría, a Jorge
Luis Borges, con abstracción de los conocimientos
bibliotecológicos de los candidatos. Nos
parece un buen criterio: para ser director de
la Biblioteca Nacional no debería ser necesaria
la simpatía de los gremios o de los punteros
políticos, sino un gran prestigio personal.
Desde hace un tiempo esto no parece haberse dado.
Más allá del acierto de las gestiones
de muy distinguidos intelectuales como ejemplares
ciudadanos -tales los casos de Héctor Yánover
y Horacio Salas- ninguna gran figura del pensamiento
argentino, -ni siquiera Ernesto Sábato-
fue llevado a la dirección de una institución
cuya existencia comenzó casi al mismo tiempo
que la de la patria (fue fundada durante la gestión
de Mariano Moreno).
Quizás cuando aparezcan
estas reflexiones, el nuevo director de la Biblioteca
Nacional ya haya sido designado. Mientras la redactamos
hacemos votos para que no lo designen los gremios.
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