Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis y ocho veinticuatro y ocho treinta y dos San Antonio mío me arrodillo a vos.
Así cantaba la Farolera mientras pasaba por un cuartel y la seguían con sus miradas un cabo negro y un coronel. La pretendían dos italianos caballerizos de un corralón y discutían mientras limpiaban con una pala y escobillón.
Yo no quiero novio que sean en inglés, ni tampoco tanos, rusos y francés. Y si quedo sola qué le voy a hacer, antes el convento que ser de un inglés.
Una mañana, yendo a la feria, por un descuido se resbaló y en ese instante la vio un bombero y gentilmente la levantó. Era moreno, muy bien plantado, con los bigotes a lo alemán, y enamorada de aquel bombero se vio casada, se vio mamá.
¡Pobre la Farolera! ¿Qué tendrá la Farolera? ¡Ya no ríe, ya no canta! Pues el bombero trompeta se burló de la muchacha. ¡Y ella!... ¡Pobre la Farolera! Enferma del corazón, en su tibio y triste cuartucho se le oyó esta canción:
Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis. Virgen milagrosa yo me moriré. Y si vuelve un día no lo trates mal. Dile que le amo mucho, mucho más. |