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Ser Gardel es ser el mejor
Por Jorge
Göttling
Si la credibilidad pública sobre el significante
de Carlos Gardel resistió las colisiones
de casi un siglo de crisis e, incluso, ha crecido, no debe ser sólo
porque cada día canta mejor. Por algún lado debe de andar
la explicación racional de la persistencia de la devoción
popular o de la supervivencia de Gardel, invicto en su condición
heroica. Quizá ha quedado traspapelada en el archivo nacional
de preguntas sin respuestas, de los cuestionamientos con los que los
argentinos desayunamos cada mañana.
También
hoy la voz intacta alcanzará subidos puntos de difusión,
como si nos aferrásemos sistemáticamente al único
argentino libre de sospecha, al santo y seña de todos los acuerdos:
Gardel cumplirá su pirueta ritual y transformará su apellido
en adjetivo de sencilla decodificación. Todos sabemos que ser
Gardel es ser el mejor.
Ha pasado más de medio siglo desde la catástrofe
de Medellín, aquella tontería de la historia, y el país
es otro, aun cuando las calamidades no sean flamantes y tengan un aire
de familia que, por lo menos, nos abruma. En la Buenos Aires de hoy,
sólo la humedad y la nostalgia constituyen un hilo común
con aquella otra de las décadas del 20 y del 30, que patentizaron
la peripecia de Gardel. Ni la palabra, el honor, el amor o los escrúpulos
son los mismos y hasta el machismo es una entidad de descarte. La bisagra
es Gardel, que fue la bocina parlante de aquel porteño desesperado,
confundido, aletargado y entre la arcilla del Río de la Plata,
sumergido en la miseria ingente y abismado frente a un futuro incierto,
con horizonte chato.
Con la economía tan averiada que no alcanza
para comprar un sueño, con la sensación a flor de piel
de tanto bronce inútil, parecería que nos ancláramos
en ese Gardel de entrecasa como un único resguardo conocido y
seguro.
Gardel y sus tangos
dieron voz y voto a ese argentino. Quien pretenda que fue el arquetipo
de nuestra nacionalidad, peca de ligereza y adolece de imbecilidad.
Pero se equivoca, también, quien afirme que sólo fue un
artista popular, una voz limpia, un estilo prolijo, un instantáneo
opositor de todo nuevo cantante. Como que, sin pretenderlo, fue el ariete
más contundente de aquella ofensiva cultural exportadora argentina
que puso su meta en París.
No hay Dios sin misterio y Gardel, forjador de su propia
leyenda, llenó de sombras los pasajes más puntuales de
su historia personal. Siempre que celebró su cumpleaños
lo hizo en fecha diferente, produjo confusiones sobre su edad real y
hasta se permitió dibujar su nacimiento en lugares distintos.
La historia oficial fija su nacimiento en Toulouse, en la Alta Garona
francesa, el 11 de diciembre de 1890, hijo de Berta
Gardés y de padre desconocido, una carencia que referenciaría
su vida. No es casual que Gardel, hijo bastardo, sea mito y referente
de un país hijo de la bastardía.
La brumosa investigación en torno del padre
de Charles Romuald Gardés lo ubica en la figura de Paul
Lasserre, un próspero comerciante, casado y padre de familia,
quien no lo reconoce como hijo y que apura la partida de la planchadora
Berta a su aventura americana, que derivaría en el Abasto.
Gardel jamás mencionó a su padre
y esa gotera abierta hizo poco posible que dirimiera la necesidad de
formar una familia tradicional. No tuvo padre, no fue padre en el sentido
bíblico o genético.
Repararía, sin embargo, el bache de su historia;
Gardel fue el padre del tango-canción, le dio imagen y semejanza,
lo dotó de herencia y le dejó un apellido.
Detrás de las aventuras del Gardel del palco,
el disco o la cinematografia, de la
montaña de mentiras pergeñadas por los gardelófobos
y de anécdotas creíbles o apócrifas aportadas por
los gardelófilos, más allá de los retazos de su
¡conografia abaratada, persisten misterios indevelables. Las fabulaciones
sobre su sexualidad, sobre pasajes fronterizos con el
delito menor en los tiempos del Abasto, las grietas informativas
alrededor de los motivos de la catástrofe en suelo colombiano,
resultan, sin embargo, menos atractivas para el porteño, convencido
-no sin razón- de que la verdad es, a veces, menos importante
que la leyenda.
Entre aquella Argentina de Gardel, anterior a la inmigración
del país interior hacia la costa, y la penosa versión
de hoy, median mil desventuras y centenares de ilusiones enterradas
en el rincón de los recuerdos muertos. Hasta es comprensible
que, por no aceptar la chatura del presente, fijemos la vista en ese
Gardel y en esa ciudad suyísima rebosante de esperanza. Gardel
estará, porque devino de una entidad mítica provista o
encubierta por la condensación del inconsciente colectivo.
Y será lícito que demos manija a cualquiera de sus discos para creernos, como buenos argentinos, que también somos dueños de su inspiración. Y Gardel contestará como un barrilete hundido en la memoria, para responder a la mano y remontar en la emoción, con sólo poner tenso el hilo de su voz. Extractado de "Viva", la revista de Clarín 13/6/1999. |
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