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Gardel: su propio empresario
Por Edmundo Eichelbaum
Extractado de la nota publicada en el diario Clarín
9/12/1990
El
público lo escuchaba, se dejaba seducir por su voz, copiaba hasta
donde podía su modo de vestir, repetía sus ocurrencias
lunfardescas, entonaba sus tangos con el mismo énfasis y atribuía
a un milagro todo lo que en él admiraba. Gardel era natural.
Todo le salía así porque tenía el don, era un privilegiado,
un favorito de Dios. "Todo le venía de arriba".
La mentalidad del pueblo no concebía que Gardel tuviera que discutir
un contrato, pasarse horas de trabajo con los guitarristas ensayando
un repertorio o eligiendo cuidadosamente la ropa para salir a escena.
Gardel muy pronto se convirtió en profesional de la canción
y su empresa no tenía estatutos ni contratos, era el dúo
Gardel-Razzano. Éste
tenía la facilidad de comprender en que lugares presentarse,
que salas, tipo de repertorio, calidad del acompañamiento, como
debían vestirse, la necesidad de perfeccionamiento, los ensayos,
las sumas que debían pedir en pago por sus actuaciones. Amén
de todo esto que Gardel compartía, supo organizar un repertorio
de obras que registran una temática y un lenguaje que expresaran
al hombre argentino al porteño en especial- de su tiempo.
Pero, posiblemente tarde, lo consideró a Razzano
un mal administrador y desde 1930 tomó la responsabilidad de
ser su propio empresario. Hubo alguna ayuda, como en el caso del señor
Pierotti en Europa, pero sin su propia presencia es posible que nunca
hubiera actuado en París, no había mejor representante
que su imagen y su voz. Esto ha sido ratificado por Manuel
Pizarro, estrella por entonces de la boite El Garrón con
su orquesta y amigo del cantor.
En una frase de una de sus cartas fechada en Nueva York en 1934, se
puede leer: «Esta gente quiere seguir haciendo películas
conmigo hasta el año 2000 si siguen haciendo dinero».
Tenía conciencia de cual era la realidad del "negocio", se había
formado en la calle y las experiencias ganadas le hacían reconocer
que "era una mercadería de gran calidad y que podía vender
muy bien".
El Gardel empresario trataba en forma directa los contratos con los
"capos" de la Paramount, y conseguía un porcentaje de las ganancias
aparte de los honorarios como actor.
Sus amigos fueron sus colaboradores en el trabajo, y los tuvo a su lado
como un homenaje al pasado que no quería perder, pero tenía
claro que era una estrella en busca de un destino mayor.
Así fue que no aceptó ser un empleado muy bien pago de
la compañía cinematográfica, muy por el contrario
asumió la responsabilidad de su propia producción. Años
más tarde fue moneda corriente que importantes actores de cine
fueran sus propios productores, pero Gardel ya lo había inventado.
Fue tantas cosas para el ideal de los porteños y lo sigue siendo,
como dijo el poeta, en realidad Gardel no existió, fue un invento
nuestro una tarde de domingo que estábamos tristes. Y el invento,
a semejanza de lo que quisimos ser y no pudimos, nos salió: "Morocho,
glorioso, engominado, eterno como un Dios o como un disco."
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