![]() |
|
Tania: un cascabel radiante
Cancionista
Su nombre estará siempre ligado al de Discépolo,
con quien vivió los últimos 24 años del genial
autor.
Pero Tania -Ana Luciano Divis, tal su nombre verdadero-,
tenía vida propia. La tuvo siempre. Desbordaba alegría
cuando cautivó a Discépolo en el Folies Bergère,
allá por 1927, cantando "Esta
noche me emborracho".
Venían de mundos muy distantes. Él, entonces,
un tanto tímido todavía bajo la sombra de Armando, su
hermano mayor. Ella, un cascabel radiante.
La traté mucho los últimos años
en su casa de la avenida Callao, donde vivió con Discépolo.
Allí nos hicimos amigos. Tenía la sabiduría generosa
de quien sabe mucho pero no lo demuestra. Conocía los recovecos
de la vida, de una vida intensa, desbordante. Una vida de alegrías
y de penas, como cuando murió su única hija, de la que
no hablaba, y los amigos no preguntábamos para no rememorar su
tristeza.
Siempre estaba de fiesta, alegre, elegante, coqueta,
aún vestida "de entrecasa". Jamás la escuché
hablar mal de alguien. Le dolía, sí, el olvido de aquellos
desmemoriados que ponen tasa a la amistad y al afecto. Pero no lo decía.
Una vez, al pasar, me comentó: «Sabes Tonito, el 'Gordo'
(Aníbal Troilo) siempre
decía que es peor un ingrato que un infidente...»
Estaba siempre actualizada. No era la anciana (¿se
puede usar con Tania la palabra "anciana"?...) que hablaba
del pasado. Sus comentarios de la actualidad eran desopilantes. Quería
saber -por ejemplo- por qué Menem había discutido con
Alfonsín o qué iba a pasar con Clinton «por
esa cosa que le ocurrió con la Mónica...»
Pero el tema recurrente era Discépolo.
No porque ella lo trajera en sus charlas, sino porque sus amigos nos
deleitábamos con el salero de sus historias y en especial su
relato de cómo iniciaron la vida juntos.
Por lo general llegábamos a su casa al caer
la tarde. Nos esperaba con sandwichs y con un whisky que repetíamos
con ella con insistencia a pesar de las protestas de mi mujer. Antes
de la cena, le pedía que me cantara un tango.
Cantar era para Tania una necesidad fisiológica.
Y lo hacía de maravillas, con una afinación envidiable.
Cantaba con la voz, con sus ojos, con sus gestos, con sus silencios.
Sabía que el tango cuenta una historia y hay que decirla, no
gritarla. La transmitía palabra por palabra. De ahí ese
fraseo tan particular que dosificaba con la experiencia que sólo
enseña el tiempo.
Vivía haciendo planes. ¡Y para concretarlos!...
Hace muy poco me decía: «Tenemos que preparar una gira
por España. Quiero cantar en Toledo, donde nací, y en
Valencia, donde pasé mis primeros años. Allí están
mis sobrinas a las que quiero mucho. Y no nos olvidemos de París...»
Después de los tangos, venía la cena.
Asombraba su apetito. Nunca supo si el hígado formaba parte de
su cuerpo y su metabolismo. Y durante la comida volvía a repasar
sus planes. «No te olvides de llamar a España para
preparar la gira».
Ser amigo de Tania fue uno de los privilegios que me
regaló la vida.
Dicen que tenía 98 años... tal vez 105... ¿Qué importa? Tania fue un mito y los mitos tienen sólo presente. |
|||||||||||