Era una noche de pálida luna cuando el silencio abrió su broche, y suave y tímida, como quejándose, la brisa trájome canción de amores. Mágico hechizo brotó tiernamente, poblando el aire de sinsabores, era una niña la que cantaba esta humilde trova con ardor:
Yo quise a un hombre frenética y loca mi pasión, con fuerza ardiente y encendida como un sol, que llenó mi cálido pecho con el encanto de su amor. Porque me sedujo su valor terrible y con su gesto fiero de caudillo, hoy lo lloro a Cabeza de indio, el bien amado que no veré más.
Fiera Cabeza de indio que se fue para siempre quedé triste y sola, ya no miro sus ojos con placer, que encendieron mi pasión. ¡Indio! Cabeza de indio, ¡fiera! Mi alma siempre te espera junto a cada amanecer. Nada alegra mi tormento y juguete soy del viento terrible de mi querer.
Nunca la herida que sangra en mi pecho en el reposo podrá cegarse. Es su recuerdo fiel, triste y amarga hiel que eternamente y cruel ha de grabarse. Era una noche de pálida luna cuando el silencio rompió su broche, y, tristemente, cantó una niña con acento suave tu dolor. |