Allá en mi infancia primera yo me crié entre mimos y cuidados y fui creciendo alegre y muy confiado contento y satisfecho, alegre de vivir. Después que pasaron los años y envuelto en ellos llegaron los pesares como un cortejo de males a millares yo fui reconociendo lo triste del sufrir.
Fue mi madre... la que tanto me adoraba, que la muerte de mi lado la alejaba. Y al poco tiempo, después de esa desdicha, que me robó la dicha que tierno disfrutaba la cruel parca, la que me robó a mi madre ¡implacable! se llevó también a mi padre y la campana de aquel tranquilo huerto tañó por aquel muerto que solo me dejó.
Salí recargado de pena porque el dolor me arrancó de aquella huerta y mi existencia quedó triste y desierta cual viven los proscriptos, los huérfanos de amor. Aquellos que todo perdieron cual si el destino con ellos se ensañara y su alegría y dicha les matara cargando en sus espaldas la cruz de su dolor.
¡Campanita! ¡yo te adoro con terneza! ¡Campanita! tu recuerdo es mi tristeza. Porque a tus sones meciéronme en la cuna cuando era mi fortuna la paz y la alegría. ¡Campanita! campanita de mi aldea. ¡Campanita! tu recuerdo me rodea y es que quisiera volver con gran anhelo a aquel rincón de suelo dando empecé a vivir. |