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Al Troesma desde la mitad del mundo
Carlos Gardel y el tango
Por Alfredo Pareja Diezcanseco
Nacido el 12 de octubre de 1908, integró el
prestigioso "Grupo de Guuayaquil" -su ciudad natal- una de las más
valiosas expresiones de la generación de escritores de la década
del '30. Consagrado en 1978 con el Premio Nacional Eugenio Espejo máxima
distinción que otorga el Ecuador a los intelectuales que consagraron
su vida a enriquecer las letras nacionales, ha escrito, entre otras
importantes obras "El muelle" (1933); "Hombres sin tiempo" (1941); "La
hoguera bárbara" (1944); "Las tres ratas" (1944); "Los poderes
omnímodos" (1964). Ha sido Diputado Nacional, embajador en Francia
y Ministro de Relaciones Exteriores del Ecuador.
Un día de 1935, cuando vivía aún
en Guayaquil recibí, junto con mis colegas del Grupo de Escritores,
la infausta noticia. Formábamos el Grupo entonces sólo
los primeros cinco. Por ello, el día de los funerales de José
de la Cuadra, fallecido prematuramente en 1941, exclamó Enrique
Gil Gilbert: "¡Eramos cinco como un puño!".
No me encontraba yo entonces en Guayaquil, pero a poco
de mi retorno, se nos dieron los detalles del fatal avión en
Medellín, que cayó envuelto en llamas.
Cuando, luego de algunos anos, nuestro pequeño
grupo inicial se extendió y ganó con la presencia de Adalberto
Ortiz, llegado de la íntima negritud de su Esmeraldas; de Ángel
Felicísimo Rojas, lojano, pero guayaquileñizado; de Pedro
Jorge Vera, quien, con su hermano Alfredo (quien como hoy su hijo fuera
Ministro de Educación) poseía una librería en la
que, por supuesto, comprábamos a crédito, con harta frecuencia
renovado; y otros más. Recuerdo que por aquellos años
Pedro Jorge poseía una adecuada voz para el tango, y cómo
nos emocionaba con los que más solía cantar Carlos Gardel.
En los años cuarenta, rememorábamos la
trágica muerte del ídolo de la canción tanguera.
Podía ser en discos grabados en Buenos Aires o en París,
o en cualquier otra capital europea. Nuestros ojos se humedecían.
Era un sentimiento profundo y confuso a un tiempo, siempre triste, quizá
con mayor tristeza aún de la producida por el pasillo de nuestro
país, especialmente el de la sierra.
José de la Cuadra, el mayor y el de más
logrado oficio de los cinco primeros, solía decir que todo escritor
era un músico frustrado. Creo que tenía la razón.
Y que su afirmación era válida para la música seriamente
compuesta, corrientemente mal llamada clásica, como para la popular,
inspiradora, sin duda, de la complicada estructura de la selecta, generalizada
por el común como clásica.
Dicen los entendidos que el tango proviene de un ritmo
popular muy semejante a la habanera, aunque menos rápido en su
compás de dos por cuatro. No lo sé. Amo de veras la música,
tanto que no me es posible escribir obra alguna de ficción sin
escucharla, sea de la clásica, o de la popular. Pero no tengo
oído, aunque la memoria interior la recuerde, siempre con gratitud.
Lo cierto es que ningún ritmo como el del tango
alcanzó en nuestra mestiza América una tan gran belleza,
que surge de las profundidades abismales del espíritu acongojado
o batallador. A veces es de una elegante lentitud, como expresando un
inconfesable pesar; en otras, su movimiento son rápidos¡
acaso musicalizando las peleas de los compadritos en el barrio de La
Boca, donde marineros de los cuatro puntos cardinales viven con una
bohemia desafiante, en desacato del aparente pudor del señorito.
No puedo olvidar que en La Boca contemplé extasiado,
alguna vez, bailar entre ellas a un grupo de hermosas mujeres. Y no
sólo el tango, sino su preciosa derivada la milonga, con su tejido
en encajes y figuras sucesivas, casi altaneras, sin dejar de ser elegantísimas.
Gardel llevó el tango a Europa, ya lo he dicho,
pero especialmente a París, donde con tanta pasión se
bailaba por esos años el tango apache, no sólo en el café
alegre de las diversiones varias, sino también en los clubes
más distinguidos y exclusivos. Y se lo bailaba muy bien, con
la atracción y el despego, la búsqueda sexual y el fingido
rechazo; o con el ritmo de la pelea de los bravos, en razón de
la coquetería de una mujer ufana en sus caprichos.
¡Quién no podría recordar ciertos
tangos cantados por Gardel, acompañados por el bandoneón!
"Adiós
muchachos, compañeros de mi vida"; "El
choclo", "Esta
noche me emborracho, ay, me mamo bien mamao"; "El
día que me quieras"; "Tomo
y obligo"; "Arrabal
amargo"; "Tiempos
viejos"; y aquél inolvidable y magnífico; "Mi
Buenos Aires querido".
Dice del tango el más grande escritor de Hispanoamérica,
Jorge
Luis Borges: "Una mitología de puñales/ lentamente
se anula en el olvido;/ una canción de gesta se ha perdido/ en
sórdidas noticias policialesf". Y lo que sigue que se escucha
como un milagro de palabras: "Esa ráfaga, el tango, esa diablura./
los atareados años desafía;/ hecho de polvo y tiempo el
hombre dura/ menos que la liviana melodía/".
Pero encontrándonos el lector y yo con Borges,
sería imperdonable no repetir con él (a quien conocí
y admiré en todo su vigor en el Buenos Aires que era bastante
mejor que el de ayer y el de antes de ayer, el Buenos Aires esplendoroso
de una gran ciudad a la europea, sin menoscabo de su caché latinoamericano),
no repetir con él, repito, estos versos: "Que sólo es
tiempo. El tango crea un turbio/ pasado irreal que de algún modo
es cierto/ el recuerdo imposible de haber muerto/ peleando en una esquina
del suburbio/".
Fallecido Borges en su amada Ginebra, escribió
poco antes algo que no es casi conocido, pues no consta en ninguna de
sus obras póstumas, y que llegó a mis manos de una persona
amiga: "Si pudiera vivir nuevamente mi vida... Sería más
tonto de lo que he sido. De hecho tomaría muy pocas cosas con
seriedad. Sería menos higiénico. Correría más
riesgos (..) Comería más helados y menos habas, tendría
más problemas reales y menos imaginarios. (..) Por si no lo saben,
de eso está hecha la vida, sólo de momentos: no te pierdas
el ahora (..) Pero ya ven, tengo 85 años y sé que me estoy
muriendo".
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"Al Troesma desde la mitad del
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