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Al Troesma desde la mitad del mundo
Un tango y nada más
(Con un ritmo de milonga) Por Claudio Mena V.
Nació en Quito en 1928. Cursó estudios
de abogado en la Universidad Central. Fue Concejal y Vocal del Colegio
de Abogados de Quito. Periodista y poeta, entre sus obras se destacan:
"Trazos", "Cumbre y melodía", "Velásquez" y "Las líneas
de tus manos". Obtuvo el premio "Diario El Universo" en el género
poesía. Es catedrático en la Universidad Central del Ecuador.
Integra el Colegio y Club de Abogados de Quito y es miembro de la Sociedad
Jurídico Literaria de Ecuador.
Como dice el tango, "yo era un purretito" cuando murió
Carlitos Gardel, pero recuerdo claramente que tuve una dolorosa impresión.
Oí por primera vez el nombre de la ciudad de Medellín
en el relato de la noticia que sintonizaba un viejo RCA. En mi imaginación
veía un infierno de llamas y sobre ese holocausto la sonrisa
de oreja a oreja de Gardel con el sombrero ladeado "a la pedrada".
No sé si desde entonces o quizás desde
antes, le había puesto oreja al tango no sólo porque se
lo escuchaba en la radio, sino también porque en la casa existía
una vieja victrola en que se tocaban los discos de acetato y entre ellos,
naturalmente tangos, un tango en cada lado. Recuerdo todavía
un disco de sello negro, marca Víctor, que tenía grabado
en un lado el tango "Yira
yira" y al otro lado, creo que "Nostalgias".
De guambra, las melodías que se oyen se aprenden enseguida y
"Yira
yira" lo aprendí seguramente con la misma facilidad
que el Himno Nacional.
Mi mamá tocaba el piano bastante bien. Había
recibido clases en Europa y en Quito ese gran pianista que fue Gustavo
Bueno le hacía algunas prácticas. Ella tocaba el piano
leyendo la música y recuerdo que en casa reposaban encuadernados
varios libros de música clásica, pero había también
algunos cuadernillos con tangos y a veces me gustaba acercarme a mi
mamá que estaba sentada al piano para ponerle el cuadernillo
del tango y pedirle que lo tocase. En efecto lo hacía con mucho
gusto y yo sentía un verdadero placer. Recuerdo todavía
ese tango, una parte de cuya letra dice: "De nada sirve el guapear,
cuando es honda la metida. Pobrecita mi querida, toda la vida la he
de llorar..."
Un tango que me parecía un cuento cantado era
el famoso "Silencio"
que lo oí tantas veces en la voz del Zorzal. Me imaginaba la
viejecita con sus cinco hijos que iban a la guerra y luego la viejecita
con sus cinco medallas "que por cinco héroes le premió
la patria". No se puede decir que es un tango triste porque eso es redundancia,
pero lo sentía melancólico y tierno, adobado con ese leit
motiv lejano del coro de madres que mecían en su cuna nuevas
esperanzas.
Respecto a la historia del tango tuve ya mis conocimientos
antes de que Sabato me enseñara que fue un baile prohibido o
"un pensamiento triste que se baila". Mis viejos no eran analfabetos
en materia tanguística. Mi madre, allá por 1918 tal vez
lo bailó en París porque lo bailaba bien y me enseñó
sin mayor dificultad. Además, saber que "eso" fue prohibido,
en aquella loca edad era excitante.
En Quito el tango había entrado sin problema
y en las fiestas se lo tocaba con gusto. Un bailarín que no supiese
bailar tango estaba desacreditado, como ahora el que no sabe la salsa.
Las fiestas elegantes en el Quito de aquella época eran las del
Club Pichincha y ya en mis años de mozo, las del Quito Tenis
cuando funcionaba en la 18 de Septiembre y América.
Quien puso también su granito de arena para
divulgar el tango fue el querido maestro Luis Aníbal Granja que
dirigió su orquesta, grabó discos y puso un almacén
disquero en la calle Guayaquil. El maestro Granja no tocaba el bandoneón
(instrumento casi desconocido en Quito) sino el acordeón, el
de las teclitas de piano al lado derecho.
Por aquellas épocas recuerdo que se presentó
en una fiesta del Quito Tenis la orquesta de Raúl Iriarte que
divulgó algunos tangos que entonces hicieron época como
el célebre "Adios,
pampa mía" y "Una
lágrima tuya".
El tango siempre estuvo conectado con Buenos Aires
gracias a la referencia de muchas letras tanguísticas con su
variado escenario: El barrio, "cuna de taitas y cantores", la callecita
"donde sonríe una muchachita en flor", el café, el Riachuelo,
la calle Corrientes, y un poco más lejos, la catrera, el pago,
el rancho. El tango fue el mensajero no sólo del arrabal sino
de todo un paisaje urbano y humano a la vez centrado en las figuras
del guapo, el malevo, el taita, el sotreta, la percanta, la mina y la
pebeta. Nuestro chulla quiteño con su machismo, su forma de vivir
desenfadada y sus repentinos enamoramientos si no es el equivalente
de aquellos malevos, podría tener al menos una aureola tanguística.
Allá por los años universitarios, y síganme
perdonando la distancia, un compañero tenía bandoneón
y ¡oh, sorpresa! lo tocaba; como el fuelle está hecho para
el tango, Carlos Arízaga le sacaba con mucha maña rezongos
de dos por cuatro. En la edad de los enamoramientos, de "hoy una promesa
y mañana una traición", le llevábamos al morlaco
con su enfundado bandoneón por las calles de esta franciscana
ciudad a tocar serenatas a nuestras guambras. Recuerdo todavía,
como si lo viera, al "ciego" Arízaga sentado en la vereda lanzando
tangos al frío de la madrugada. Para entonces yo vocalizaba alguno
que otro tango y desde entonces el Arízaga me decía "Che
Mena". ¡Qué pena! El huracán de la vida se lo llevó
para siempre con su bandoneón. A Buenos Aires llegue por primera
vez allá por el año 52 cuando Perón declinaba y
Evita se estaba muriendo. Con un amigo compatriota, el "Chihuil Yépez"
radicado por allá, recorrimos calles y escuchamos tangos. En
Corrientes estaba instalado un cafetín, "El Nacional" que se
calificaba "La catedral del tango" en donde el parroquiano entraba a
tomar un café y escuchar las orquestas típicas que se
turnaban "Salto mortal"; fue el primer tango que escuché en El
Nacional.
Un porteño, Ariel Fernández Dirube, con
quien hice mucha liga, me metió más seriamente en Buenos
Aires y en el tango.
Gracias a él leí de un tirón el
insuperable ensayo de Scalabrini Ortiz "El hombre que está solo
y espera", una radiografía del hombre de Buenos Aires. Un día
de esos Ariel me llevó a escuchar con cierto sigilo la conferencia
de un escritor nada devoto del régimen peronista. En el segundo
piso de una casa y en un salón atestado de gente escuché
de pie a Jorge Luis Borges hablar sobre la metáfora.
De ese viaje traje a Quito algunos tangos como ese
clásico Corrientes y Esmeralda que termina deciendo: "En tu esquina
criolla cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos
Gardel".
Para los muy ortodoxos (les llamaría los sunnitas
del tango) Alberto Castillo,
el médico cantor, quizás no sea una cumbre, pero a mí
su forma de cantar me ha gustado, así como esos tangos humorísticos
que suenan tan bien en su voz: "Garufa"
y "Se acabó tu cuarto hora".
Como este artículo-tango se está convirtiendo
en milonga voy ya mismo a terminar. Me acuerdo ahora de una anécdota.
Un año de esos estuve en la ciudad de Lima y los amigos me llevaron
a un cabaret o boite donde tocaba el piano un músico ciego. Alguien
tuvo la peregrina idea que cantara un tango y escogí Yira. Me
acerqué al piano y esperé la introducción para
arrancar con "¡cuando la suerte que es grela..." pero el ciego
se largó el tango de un solo tirón y yo me quedé
con la boca cerrada, impávido hasta el final. Las risas de los
amigotes me acholaron y ese amigazo que fue Ernesto Valdiviezo me dijo:
"¡Felicitaciones! es el mejor tango que nunca hemos oído".
Desde ahí quede con un complejito que todavía no se me
borra.
Por último, y aquí se acaba, cuando cometí
versos, escribí uno a Carlos Gardel que felizmente no recuerdo
pero como el tango, parodiando a Vallejo, ha dormitado en mi sangre
como flojo cognac, escribí uno que se llama Tango y que impúdicamente
lo transcribo:
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"Al Troesma desde la mitad del
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