![]() |
|
Al Troesma desde la mitad del mundo
Gardel una manera de ser
Por Almeida Urrutia
Nació en Riobamba, Fue maestro de Primeras
Letras en el Oriente Ecuatoriano. Escritor y periodista, popularizó
en la prensa del país el seudónimo "Doctor Guillotín
"al pie de sus comentarios sobre la actualidad política nacional
e internacional. Fue director del diario "La Tierra" del Partido Socialista.
Su novela "Sobre el árbol abatido" mereció elogiosos conceptos
de la crítica especializada. Fue Secretario del Congreso Nacional,
Secretario General de la Administración, encargado de negocios
en El Salvador; Ministro Consejero en París; Embajador en México,
Perú, Santa Sede y Argentina y Embajador adjunto ante el gobierno
de Salvador Allende en la República de Chile.
Coincidíamos tácitamente en una urdiembre
de humo, luces tenues, tímidas muchachitas aún no hechas
del todo al oficio, con las polleras recién recortadas a la altura
de las rodillas, asombrados los ojos ornados por cerco funeral a lo
Pola Negri y entreabriendo los labios vaginales a lo Clara Bow, cariátides
de una barca de ensueños que crugía levemente mecida por
los compases del "one step" en la antesala del desaforo libertador del
charleston, música y ritmo que ya chirriaba en las victrolas
de los cándidos refugios empeñados en hacerse pasar por
cabarets. ¿El Tango?. Ya venía con su sinuoso caminar canyengue,
entre cortes y quebradas y explicándose con el milagro milonguero
de una voz irreprochable, la de Carlos Gardel, voz con tesitura de barítono
pero que su priviligiado dueño la había ido cambiando
de matíces y colores hasta convertirla en la voz del tango, única,
inconfundible, para siempre.
Para entonces y atrasada la noticia, nos llegó
por el lado de Buenos Aires la de que Vicente
Greco había creado el tango "La infanta" en homenaje a Isabel
de Borbón, Princesa Española de paso por Argentina, recibida
en el Puerto por el Intendente Manuel Güiraldes, padre del autor
de Don Segundo Sombra; pero antes de ello ya Eduardo
Arolas, mocito pintón y tocador del fuelle, había
compuesto el tanguito "Una noche de garufa" que se coló primero
en peringundines equívocos y escaló luego los más
pulcros escenarios. Pero es por la ruta de Europa por donde vino a colársenos
en el alma esa voluptuosa enfermedad que contrajimos en los años
mozos y contra la cual no ha sido posible descubrir vacuna alguna. El
Papa Pío X ya había absuelto al tango y declarándole
inocente de todo cariz obsceno, anatema compartido bizarramente por
Leopoldo Lugones que insistía en mantener la vigencia de la gavota
y el minué, en tanto que Florencio Parravicini, figura mayor
de los escenarios porteños, estimulaba a Enrique García
Velloso para que estrenara su "El Tango en París" y no disimulaba
su euforia por haber sido honrado con la dedicatoria del tango "El Cachafaz",
aunque años después Angel Villoldo al componer una letra
para la música de Gregorio
Aróstegui, dedicara su creación a Benito
Bianquet, El Cachafaz, por apodo. Y no es que me salga del tema,
sino que es necesario recrear la composición del lugar que, por
tales fechas la ocupaban ya Enrique
Saborido y Carlos Geroni Flores, quienes se soltaron a bailar el
tango en los salones que bordean el Parc Monceau con marquesas y modistillas,
en palacios y prostíbulos; y también Ricardo Güiraldes,
entre novelas y poemas de Buenos Aires a su campo en San Antonio de
Areco, entre París y los grandes transatlánticos de la
Belle Epoque, tañendo su guitarra, ejecutando tangos al piano,
estrechando el talle de Madame Ivette Güeté o el más
cimbreante de la Ana Pavlova, contribuía a extraer al tango de
aquel gratuito prejuicio de que solamente lo ejecutaban los atorrantes
y los libertinos. Para 1920 ya Villoldo,
los Gobbi, los Mendizábal,
los Castriota, los Ponzio, los de
Bassi, los Canaro,
los Santos Discépolo,
los Saborido y, en fin
cientos más de genios de la poesía popular y compositores
de esa aún ahora indefinible melodía, lo habían
introducido en lo más hondo de la sensibilidad colectiva; España,
Francia, Polonia, ya bailaban tango cuando en la segunda década
del siglo el Ecuador se contagió también; pues, sí,
se "inficcionó" al decir de Raúl Andrade, grande y puntual
cronista de Quito, quien escribiera que la primera guerra mundial nos
dejó dos enfermedades" la gripe española y el tango argentino,
que de la primera nos repusimos pronto, de la segunda nunca".
Sin embargo hasta entonces el tango no era sino una
música más, insinuante, sugeridora, penetrante, voluptuosa,
indefinible, pero aún no se convertía en rito. Es Carlos
Gardel el gran sacerdote pagano que descubre la liturgia encerrada en
esa catedral de sueños forjados por una deslumbrante coincidencia
de melodías y vaticinios poéticos; es Gardel, gran actor,
quien dice el texto literario en íntima consonancia con el texto
musical; no es el cantor mecánico que nos fascina con su voz;
no: es el creador permanente que nos sorprende con un reiterado milagro
emocional. Cuando lo conocemos en Quito ya ha dejado, por supuesto,
la música "pajuerana" de su adolescencia; ya es el denunciador
de el "Silencio en la noche", el melancólico de "El bulín
de la calle Ayacucho", el nostálgico de "Mi Buenos Aires querido",
el festivo de "Se acabaron los otarios", el dramático de "Cuesta
abajo", el sarcástico de "Qué querés con esa cara";
de rondón se nos mostró como el prototipo a ser encarnado,
como el adelantado de nuestras obsesiones sensuales, de los deseos insatisfechos
de nosotros, mozos pobretones, orgullosos y mitómanos.
Data de entonces mi amistad hacia Gardel. Lastimosamente
cuando quise hacérselo saber, llegó primero la
tragedia de Medellín. Recién había leído
Don Segundo Sombra, cuando la prensa de Quito informó que durante
su viaje a España, a bordo del "Comte Verde", Gardel logró
que el capitán del transatlántico detuviera la marcha
de las máquinas e invitara a todos los pasajeros y a la tripulación
a rendir un silencioso homenaje de pesar a Ricardo Güiraldes, cuyos
restos mortales regresaban de París a enterrarse en Buenos Aires.
Esa actitud egregia en mitad del océano descubría el material
sutil de que estaba hecho el payador, el burrero, el taura del Abasto.
Era mucho más que una sonrisa y una hermosa voz: era una manera
de ser. Decía que su patria era el tango y que su capital estaba
en la calle Corrientes; no renunciaba a su madre planchadora cuando
ya era socio del aristocrático Jockey Club, ni se refería
con vanidad a la bala alojada en su pulmón y que le fuera disparada
cuando defendía a un amigo al salir de una fiesta; le daba igual
perder una millonada de pesos apostados a las patas de su caballo, que
regresarse de Barcelona, renunciando a actuar en sus teatros, para retomar
urgido a Buenos Aires a cobrar el premio ganado por su "alazán
de mirada oriental", jineteado por Leguisamo, afortunado donatario final
de jugosa recompensa; ante los criollazos del café porteño
no presumía de su amistad con Chaplin, ni con la Baronesa Wakefield,
ni de la admiración que su conocimiento del lunfardo había
provocado en Jacinto Benavente; sencillo, risueño, empilchado
con impecable smoking, o vestido con las gruesas bombachas pampeanas;
siempre amigazo, con las palmas de las manos plenas de viento, abiertas
al horizonte, sin empuñar nada con los dedos engarfiados, era
una manera de ser.
Por todo eso, cuando concurríamos a las funciones
del teatro Edén, en Quito, taconeábamos con furor, haciendo
retumbar el piso de madera hasta conseguir que el operador repitiese
una y otra vez, sin hastiarnos nunca de escuchar embelesados, las confidencias
del "Arrabal amargo", "Soledad", "Cuesta abajo"; "Golondrinas"; "Amores
de estudiante"; que eran como nuestras propias confidencias, como el
sensible tejido interno que fuera dulcemente lastimado por el fraseo
melódico y poético cargado de intenciones. ¡Qué
lindos tiempos! de amor y de esperanza.
Era el mes de junio del 35, mi amigo y yo tiramos las
notas estudiantiles que debíamos repasar para rendir los exámenes
del tercer curso de secundaria. Entre viajar a Cali a escuchar a Gardel
o ganar la promoción escolar, preferimos perder el año
y marchamos a Colombia, eludiendo la guardia fronteriza, unas veces
de balde en camiones y autobuses y otras a pie por las veredas cubiertas
de frailejones y espinas en los helados caminos de herradura de los
páramos de El Ángel. No podíamos prever que, llegados
a Pasto, íbamos a enterarnos que ya no tenía objeto continuar
la aventura: el ídolo había muerto en Medellín
la víspera de su debut en Cali. Penoso retorno; aterido el cuerpo
por la gelidez del páramo y sobrecogido el ánimo ante
la previsible sanción de los progenitores. Mientras el viento
congelante se colaba por las uniones del destartalado carromato que
daba saltos sobre una carretera que era más el clásico
camino de cabras o, caminantes, tratábamos de darnos calor estrechando
con los brazos nuestros propios cuerpos, cada vez que nos agobiaban
más el frío y la pesadumbre. Eramos casi unos niños
y el "volver con la frente marchita", o "buscando un pecho fraterno
para morir abrazado" daban paso al "Tuerza canejo sufra y no llore,
que un hombre macho no debe llorar", melodías que se amalgamaban
, se entrelazaban con el acompasado rumor del viento y el ondular de
los pajonales, creando el preciso marco para nuestra desolación.
Frente a los fenómenos de la naturaleza, a las
páginas del libro, al cuadro, o escuchando una canción,
cada persona elabora su propia historia, concibe su cuento singular:
el de quienes éramos alborada en los años 30, de alguna
manera fuimos tocados por el encantamiento gardeliano, por disfrazarse
de magnate, con chistera y todo, por su rutilante y torcida sonrisa
de señorito malevo, por la alcurnia con que entonaba la poesía
de Le Pera, por ser un afortunado mozalbete de barrio, como lo éramos
todos entonces, aunque sin fortuna, por todo eso lo adoptamos como ejemplo
y paradigma. Por eso es que lo recordamos tan fielmente, por eso se
explica lo inextinguible de su memoria, porque era nuestro familiar
y nuestro amigo, nuestro compañero, adherido a las primeras experiencias,
a ese embriagante, oscuro y palpitante descubrimiento del amor en germen,
esperándonos en su tibio y húmedo regazo, forzado por
el canto a revelarnos su, para entonces, misteriosa incógnita.
|
|
|
|||
|
"Al Troesma desde la mitad del
mundo"
|
|||
|
|
|||