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Crónicas

Gardel, la parábola de una sociedad fracasada

Por Osvaldo Soriano
  

l ala del sombrero le ensombrece los ojos, la sonrisa es tierna y ancha y los ojos pequeños se rasgan con el asombro o la melancolía. El celuloide empobrece sus gestos, apenas deja traslucir su alma perfecta, dicen quienes lo conocieron. Pero cuando canta su cara se ilumina, todo, todo se ilumina. Y hasta esos melodramas de los años 30 cobran vida, sentido.

Osvaldo Soriano
Osvaldo Soriano

Carlos Gardel es la voz y la palabra de los argentinos: quejumbrosos, apretada de angustia, aterida de dolor. A veces, alegre mascarita, quiere ser más que un tango y es la luz del sol, el aire suave, embriagador, el dulce trino que modula el ruiseñor. Un Buenos Aires triste y desafiante sale todavía de esa garganta quemada hace 52 años en el aeropuerto de Medellín.

¿Por qué los quieren tanto los argentinos? ¿Por qué lo han convertido en un mito intocable? ¿Por qué es su voz, su estampa la única cosa a la que no permanecen indiferentes? ¿Por qué de algún modo todos son él?

Difícil de responder: era un hombre simple, hijo de una francesa soltera que emigró al Río de la Plata para escapar de la humillación y de la miseria. Cantó en cafetines de mala muerte, recorrió los dormidos pueblos de la provincia de Buenos Aires en dúo con José Razzano, un uruguayo ahora caído en el olvido, y un buen día se fue a Barcelona y París a ganar algún dinero para pagar sus deudas de juego. Allá empezó en el barrio de Pigalle, como tantos otros argentinos que se vestían de gaucho para el público de la “belle époque”, y de pronto, como si los dioses se hubieran encandilado con su sonrisa, fue más que Maurice Chevalier.

«Vea, yo lo vi sólo una vez y no cruzamos palabra. Yo estaba en un café con unos amigos a la madrugada, y lo vi entrar. Venía como iluminado. Todo el bar se quedó en silencio, o eso me pareció. Él se llevó la mano al sombrero y con una sola inclinación de cabeza todo el mundo se dio por saludado. Yo me paré, le saqué esta foto y me quedé ahí, contra el mostrador, envidiando al tipo que le daba la mano».

Carlos Gardel

Ese fotógrafo vendió el retrato de Gardel en 1973, a la salida de un cine de barrio donde daban dos de sus películas. Hace años, quien escribe estas líneas pregunta a quienes vivieron su época cómo era Carlos Gardel, quien era el hombre que dio lugar al más gigantesco mito que ha creado la ciudad de Buenos Aires y que se extiende a toda América Latina. Pero no hay caso, no hay nada excepcional en él, ninguna prueba de heroísmo, ningún aparato publicitario que haya modelado su figura. Al contrario, es tan poco lo que se sabe de Gardel hoy, que al investigador uruguayo Federico Silva le bastaron cien páginas para recopilar todos los instantes de la vida de El Zorzal que han dejado un rastro y suficientes pruebas: documentos, reportajes, encuentros, viajes, escasos amores. Sin embargo vivió 45 años y tuvo amigos, furtivas amantes (que luego florecieron por centenares) una madre que lo sobrevivió, un albacea —Armando Defino— que escribió honestamente sobre los días de gloria.

No importa lo que fue, como fue. Importa lo que es: un inmenso depósito de sueños, ilusiones, lealtades, callados odios. Lo que la gente hizo de él. En uno de sus viajes estuvo 48 horas en Caracas; un periodista curioso se tomó el trabajo de reconstruir esos dos días entrevistando a la gente que dijo haberlo visto, haber estado a su lado, en el hipódromo, en el teatro, en su mesa, en su cama. La reconstrucción de esa estadía de Gardel probó una verdad más rica que la rutinaria realidad: para hacer todo lo que se cuenta que hizo, el cantor debió haber permanecido en Caracas por lo menos 45 días. Tantas fueron las noches de juerga y los días de amistad que la gente le ha regalado.

Se ha dicho que antes de marcharse a Europa era habitué de comités conservadores y compadrito en los bailongos. Hay pruebas de que recibió un balazo a la salida de un cabaret, pero no es cierto que haya estado en una cárcel de la Patagonia. El prontuario de quien estuvo allí está a nombre de Carlos Gardel, albañil y el nuestro se llamaba en realidad Charles Romuald Gardés, nacido el 11 de diciembre de 1890 en Tolouse. El prontuario de El Zorzal —pocos lo saben—, está en el museo de la policía y descansa en una caja fuerte confidencial custodiada por un teniente coronel. ¿Por qué tanto secreto absurdo? ¿Por qué quien fue su amigo más íntimo, el jockey Irineo Leguisamo, repitió siempre y así fue, que llevaría a la tumba todo aquello que Carlitos le pidió que no divulgara? ¿Acaso porque en realidad el cantor Carlos Gardel no era el mismo Charles que salió de Francia con su madre rumbo a su destino sudamericano?

Carlos Gardel

Hay quienes creen que Gardel nació en el Uruguay y una extensa investigación de Erasmo Silva Cabrera, un periodista de Montevideo, intenta demostrarlo. Su historia es apasionante y revela un drama deshilvanado y poco probable, aunque inquietante. Sin embargo, no hay otra prueba que el acta de nacimiento de Tolouse, de donde Charles llegó a Buenos Aires a los tres años. Hasta en los más ínfimos detalles de su vida aparece la duda. Grabó algunos discos en francés como quien lo aprende de memoria. También cantó en italiano y en inglés. Poco y mal. Gardel era invencible en porteño, en el lunfardo de aquellos años que hoy aparece un tanto barroco y lejano en el recuerdo. Nadie llama ahora “percanta” o “papusa” a una mujer, ni “tamango” a los zapatos, pero no hay un solo hombre, ni una sola mujer, capaz de transmitir como él una nostalgia, una pena, un querer, una indignación.

Por eso Gardel crece en el exilio de los otros. Para los argentinos que viven en el extranjero su voz restituye el color, el sabor y los olores de Buenos Aires. No importa lo bella o absurdas que sean las letras cantadas por El Morocho. La patria sale de su garganta, de esas grabaciones que suenan a choque de cacerolas. Pero hay algo más, algo que se escapa a la explicación argentina, porque los habitantes de Medellín en Colombia, han instalado parlantes en su monumento y se reúnen a escucharlo igual que si estuviera vivo, como si el avión que iba a llevarlo a Cali no se hubiera estrellado. La generosidad, la lealtad, la parábola exitosa y trágica de Gardel identifica Buenos Aires

Como la Argentina, El Morocho cultivó la apariencia y el ocultamiento; llegó a la cumbre, logró que los grandes de Europa lo reconocieran como a un par y cuando iba a entrar a las luces de Hollywood, el destino lo detuvo. Como a la Argentina. No fue una falla del piloto lo que abatió el avión, fue Dios. No son los argentinos quienes han destruido este país, simplemente Dios que no los quiere. En la escasa vida de Gardel, se puede resumir esquemáticamente, la saga del pueblo que lo ha hecho inmortal.

Está claro, hay un Gardel para cada argentino. Uno que nos mata y otro que nos hace más llevadera la vida. Cuestión de oportunidad, para el exiliado el lagrimón de la nostalgia; para el supliciado, el preludio de la muerte. Para todos, el símbolo de lo que pretendimos ser: grandes, bellos, leales, exitosos. También el horroroso espejo que devuelve la verdad de 52 años de fracaso.

Fuente: Diario Página 12, sábado 27 de junio de 1987.