Y la mujer se guardaba ilusiones de uvas pardas, mientras sus ojos quemaban, pasiones de rotas llamas. Sobre la mesa rencores se escurrían y quebraban y se daban contra el piso, haciendo cabriolas raras. Sus manos tajeaban sombras, como filosas espadas y dibujaban un cielo inquieto de locas garzas.
Entrega la noche tiempos, tiempos de nubes en llamas, y se cubre de espirales, de humo y voces no claras. Se rompe la luna en copos, en mariposas de gasa. Y revientan amapolas llenas de sangre las alas.
Ya la mujer bebe seria con la noche en la garganta. Tiene la voz que le duele, por eso quiere quemarla. Y se refugia en un tango, en uno que nadie canta y que le suena en las sienes, dolor de fueye y guitarra. Mujer que duele y se duele en un tango que se guarda, que la emborracha de penas vestida de ausencias largas. |